Luiz Inácio Lula ha triunfado en las elecciones brasileñas, con una remontada inesperada y épica frente a Flávio Bolsonaro: millones de simpatizantes celebraron durante toda la noche del domingo al lunes a su querido presidente obrero.
Una votación que Donald Trump ha calificado de "amañada", a pesar de reconocer su simpatía por Lula —"Me llevo bien con él", comentó el magnate—.
En cuanto al candidato derrotado, la policía le ha confiscado los pasaportes y le ha prohibido salir del país; por su parte, su mano derecha, el influencer Nicolas Ferreira, ha admitido lo que para todos era evidente desde hacía horas: no existe ninguna posibilidad de que la votación sea anulada.
Mientras tanto, los mercados reaccionan mal a la elección de Lula: la Bolsa se desplomó casi un 17% y suspendió las operaciones.
La moneda brasileña también cayó en picado: el dólar se disparó un 12,04 %, hasta alcanzar los 5,597 reales.
Según los expertos, se trata de "un ajuste de posiciones" ante la gran sorpresa de las urnas, no de un problema estructural.
En cualquier caso, Lula estaría considerando encomendar la economía a su vicepresidente, el moderado Geraldo Alckmin, para enviar una señal tranquilizadora a Faria Lima, el distrito financiero de San Pablo.
Dicho esto, la victoria de la última gran figura de la izquierda mundial fue extraordinaria: por cuarta vez, se confirmó como presidente de Brasil.
El resultado final le atribuye el 51,74 % de los votos, frente al 48,2 % de su rival; una diferencia clara, muy superior al empate técnico que se preveía antes de la votación.
Lula también frenó el avance de la derecha trumpista en América Latina. Y, después de admitir que nunca había tenido un teléfono inteligente, también venció a Meta y a sus interferencias en la campaña.
Es una buena noticia para la comunidad LGBT, los derechos de las minorías y los pueblos indígenas, así como para las políticas ambientales de protección de la Amazonia.
Pero la victoria también es histórica por la forma en que se produjo: nunca antes en Brasil había ganado un candidato que hubiera perdido en la primera vuelta. Y nunca se habían obtenido tantos votos: más de 64 millones.
Tras el triunfo de este veterano del progresismo mundial está, sin duda, el aumento de la participación: la abstención cayó dos puntos, señal de que también lo votaron personas que se habían quedado en casa en la primera vuelta, pero cambiaron de opinión, quizá por temor a otro Bolsonaro en la presidencia.
Pero la victoria es histórica también por su modalidad: Nunca en Brasil un candidato ganó después de haber pedido en el primer turno. Y nunca conquisto tantos votos, más de 64 millones.
Detrás del triunfo de este "inmortal" del progresismo mundial está, sin duda, el aumento de la participación: la abstención cayó dos puntos, señal de que lo votaron también personas que se habían quedado en casa en la primera vuelta, pero cambiaron de opinión, quizá por temor a otro Bolsonaro en la presidencia. Así, el país más católico del mundo no estará gobernado por primera vez por un evangélico.
Además, la remontada se debió a la movilización popular, tanto en las calles como en internet. Gracias a la contribución de su "ejército" en línea y al visto bueno a reformas sociales —como la semana laboral reducida—, Lula consiguió dar vuelta una situación que parecía absolutamente desesperada: la noche de la primera vuelta llevaba unos dos millones de votos de desventaja frente a su rival.
Flávio Bolsonaro estaba seguro de ganar, convencido de que obtendría los nueve millones de votos de los candidatos eliminados, todos ellos de centroderecha.
Pero, también esta vez, el veterano líder —que este martes cumple 81 años— ha derrotado a otro Bolsonaro, después de Jair. Ahora tendrá que gobernar un país con un Parlamento dominado por la derecha y cumplir sus promesas de campaña.
Además, sabe que no podrá optar a otro mandato y que, sin duda, tendrá que ocuparse de su sucesión. Pero eso lo pensará mañana. Por ahora, disfruta de la celebración. Millones de brasileños tiñeron de rojo Copacabana y la avenida Paulista de San Pablo con sus camisetas, como si Brasil hubiera ganado su sexto Mundial.
Felices y orgullosos, hacían con la mano la "L", símbolo de su líder. Un presidente que sigue en pie, pese a que muchos creían que ya era un líder del pasado, destinado a quedar relegado entre las figuras del siglo XX. Pero, contra todo pronóstico, el pueblo brasileño respondió de otra manera con su voto.




