ERNESTO H. SALGADO
La filosofía que sustenta el culto a la Santa Muerte es muy simple:
“Dime ¿cuándo has visto a San Judas? ¿Y cuántas veces has visto a La Muerte? Por eso tenemos que quedar bien con ella, para que nos lleve de la manera más tranquila”.
A propios y extraños causa sorpresa que en plena Semana Santa hallan levantado un visible altar a la llamada “santa Muerte” en un viejo edificio de la Avenida Álvaro Obregón, ruta de acceso al Puente Internacional conocido como La Puerta México.
El impacto que causa, el espectáculo que representa ese altar, llega a causar algo de temor, según comentaron jefes de familia que viajaban en automóvil, es un choque con nuestras creencias y rompe el sincretismo de nuestras vidas que podemos llamar normales.
Aún que se pueda no estar de acuerdo con la veneración que algunos rindes a la Muerte, debemos aceptar que se trata de “un culto universal que ha tenido y aún tiene lugar en pueblos de todo el mundo, y que fue censurado por los invasores europeos, desde África hasta América pues la muerte como símbolo de temor y respeto ha existido en todo el globo.”
En México, el culto como tal a la Santa Muerte nace en Córdoba Veracruz, a mediados del siglo XIX, cuando un chamán local aseguró que la muerte se le apareció en un sueño, ordenándole que difundiera su culto por todo el mundo.
Algunos autores afirman que La Santa muerte es la representación física de la transición que ocurre entre dejar la vida y formar parte del mundo de los muertos. Se le representa como un esqueleto vestido con una túnica oscura que le cubre desde la cabeza hasta los pies y que posee además otros elementos:
La guadaña simboliza la igualdad de todos los seres vivientes ante el creador pues todos sucumbiremos ante la muerte.
Su representación esquelética representa la similitud de todos los seres humanos al abandonar la existencia. Sus ojos rojos encierran el simbolismo de la sangre que une a todos los seres humanos, sin excepción. El color de su vestimenta depende las peticiones del creyente
En cuclillas: representa la búsqueda del ser humano por sus anhelos y el desarrollo de la paciencia para poder obtenerlos.
Parada con una guadaña en mano: representa la justicia y la equidad de la muerte.
Sentada en un trono: representa a la muerte como un rey, ante el cual todos habremos de comparecer al final de nuestros días.
Con reloj de arena: representa el tiempo que se consume en la vida de cada ser viviente, para recordar que, sin importar el origen de cada uno, el fin es la muerte por igual.
. Los creyentes re-inventan el tiempo social en torno a la imagen de la Santa Muerte. Conscientes de las amenazas del entorno, la violencia, inseguridad e incertidumbre que anulan su seguridad ontológica y su cotidianidad, buscan refugio en un culto que les provee una supuesta seguridad en el presente (aquí y ahora) y desplaza el futuro como un horizonte lejano. Durante mucho tiempo se creyó que sólo aquellos que viven al límite de su vida profesan tal creencia: policías, narcotraficantes, prostitutas, delincuentes. Pero el culto es transversal a distintos grupos sociales y niveles socioeconómicos quienes ahora lo muestran públicamente.
Su veneración no es exclusiva de capas marginales de gente que viven en la línea. Es también extensiva a la cotidianidad, en el presente de muchos seres humanos conscientes de la angustia de morir en cualquier instante, sin saber cómo, cuándo o dónde: policías, narcotraficantes, politiquillos que apuestan todo, prostitutas, entre otras actividades extremas. Ellos padecen la angustia por la muerte y la han convertido en un símbolo de su actividad. Saben que no pueden pensar en un mañana sino en un presente permanente. Todo es presente, una sucesión de presentes que en cualquier momento puede interrumpirse.
En las actividades delictivas hay un desprecio por la vida, la propia y la de los otros. Los delincuentes saben que eliminar a otros puede desembocar en que mañana sean ellos las víctimas. No resulta gratuito, entonces, que cada mañana nos enteremos de ajusticiamientos, vendettas, ejecuciones y suicidios en este sub-mundo de lo excluido y marginal. Pero el desprecio por la vida no es algo sin sentido. Es la muerte la que reivindica la vida. Si la muerte careciese de sentido sería tanto decir que la propia vida no la tuvo. Cuando alguien muere de manera violenta decimos "se la buscó":
La historia de La Santa Muerte puede rastrearse de tiempo atrás y desde diversas vertientes: prehispánica, afroantillana, magia-brujería, etcétera.
En la época prehispánica tuvo una connotación particular. Era el símbolo que liberaba a los guerreros en la batalla y a las madres en el parto. Los sacrificios tenían un doble sentido: el hombre accedía al mundo del proceso creador y por la otra alimentaba la vida cósmica y social, que se nutría de la primera. (Ambrosio, 2003: 34)
Con el catolicismo se transformó la noción sobre este tema. La vida y muerte pasaron de ser un sentimiento colectivo como en los aztecas, a una noción individual. Los hombres ya estaban condenados de antemano (pecado original) pero podían salvarse si el arrepentimiento llegaba antes de la muerte. Después de esta nada habría que hacer. El culto a La Santa Muerte procede de un sincretismo entre ambas cosmogonías. Ambas reúnen la idea de que la muerte no es el fin del mundo, sino una nueva vida que no se desarrollará aquí. Junto a esta noción aparece la representación de que con la muerte se justifica la vida.




